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Self. Selfie ¿Dónde está el espectador?

Self, self, selfie. Prácticamente un mandato. Yo estuve aquí, yo estoy aquí junto a la legendaria Gioconda ¿Donde estriba el posible placer de estar in situ frente al objeto preciado? ¿Qué se experimenta, qué se performatiza en el acto de situarse frente a un objeto plantado en nuestro imaginario como un signo? ¿Accedemos a un estadio de contemplación? ¿Qué sucedió con el necesario hiato entre el objeto de contemplación y su sujeto? La captura de la imagen y mi YO en la toma ¿exorciza esa distancia necesaria? La captura de la imagen con MI lente, en la que YO aparezco, ¿es un acto narcisista, posmoderno, sustantivación de la mismidad?

La contemplación de los objetos de arte nos permite (Heidegger 1936, El origen de la obra de arte) erigir un mundo. La obra, completada por el espectador – que lo interpreta, que accede a que la imagen se conjugue en él – gestiona tensiones, acuerdos, desacuerdos en su espectador que está allí frente a ella en cuanto objeto, él como sujeto ¿Qué otros universos o mundos serán posibles en esa apropiación icónica? ¿Que se actúa cuando me llevo la Gioconda –  en cuanto imagen –  en el “yo estuve aquí” de la captura.?

Decía Roland Barthes en uno de sus más bellos textos, que la esencia de la fotografía es su condición de cadáver del instante en el que se capturó una imagen que estuvo situada frente al objetivo, momento único que certifica lo que estuvo allí frente a la lente. Yo y la Gioconda. Se acorta la distancia. El ícono y YO.

Qué distancia hay entre el YO, el SELF, la Selfie y la dualidad de apariencias y esencias que nos hereda la filosofía dualista. Anulada la posibilidad de una hermenéutica que permite la apertura del texto o de la imagen que parece críptica y me atrevo a detenerme a desvelarla… el estadio interior de un yo recoleto se desvanece ante la superficie plana de un Yo saturado de exterioridad, del yo “espectáculo” del Yo que me doy a ser visto por un otro. El universo planteado por Heidegger y el encuentro entre objeto de arte y su sujeto de contemplación se diluye en el acto, totalmente comprensible de la también quizá necesaria banalidad del yo contemporáneo.

La muestra From Selfie To Self Expression nos habilita a cliquear un “like” en los autorretratos de grandes pintores. Allí está un autorretrato de Rembrandt, las Meninas como autorretrato de Velázquez, los celebrados autorretratos de Van Gogh, de Picasso, de Lucien Freud, de Warhol…puedo elegir cliquear también un corazón para “me encanta”. Calificar con la lógica taxonómica de Internet y su folksonomía en la sala de una exhibición. Hechos que conjugan la desaparición del espectador y la emergencia – ay – del YO partícipe.

Centenares, decenas de selfies caen en cascada sobre una inmensa pared. Esa es la obra. Expresa con cabal racionalidad una lógica cultural y una lógica que nos estructura. El YO saturado de la modernidad desbordada (Appadurai 2001).

Reinando en esa muestra, cuyo catálogo tiene como cubierta una superficIe espejada en la que YO me veo a mí mismo, reina la exquisita propuesta de Rafael Lozano -Hemmer, mexicano, a la que ya me he referido, pero a la que vale la pena regresar porque es un universo en sí mismo, una obra de arte es una propuesta filosófica en sí misma.

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